Los Procomunes Sociales:
donde la propiedad intelectual se acaba

2903.09


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Esta semana he tenido la suerte de participar una vez más en la edición anual de Zemos98, un evento que para mi es ya bastante más que un festival. Por encima de sus conferencias, conciertos y talleres, lo que ocurre en Sevilla durante estos días de marzo es la excusa para que se cite una comunidad tremendamente activa de bloggers, realizadores, periodistas, profesores, musicos, artistas...que cada día del año conversa, idea, y participa, gracias al impulso incansable de los miembros del colectivo y su uso ejemplar de las tecnologías sociales. Como escribe Juan Freire, el comisario -de lujo- invitado en la edición 2009, cualquiera que gaste esfuerzo y dinero en organizar una jornada, simposio o festival debería aspirar a estos resultados; la mayoría no lo consiguen.

Pero lo más importante del Zemos98 de este año, en mi opinión, es visibilizar que existe una generación emergente en nuestro país que entiende la cultura como un modo de investigación, como un laboratorio de propuestas para la sociedad. Personas, colectivos e instituciones como Medialab Prado, Platoniq, Yproductions, Amaste, La Casa Invisible, el propio Juan Freire, todos presentes en Sevilla estos días...ofrecen una visión productiva de la cultura y una comprensión de sus posibilidades transformadoras que está ausente casi por completo de las páginas de cultura de los periódicos, de las programaciones de los centros más importantes.

Mi papel en el festival fue presentar el excepcional trabajo del brasileño especialista en tecnología, ley y culturas periféricas Ronaldo Lemos. Profesor universitario de propiedad intelectual, líder de Creative Commons en Brasil, y fundador de la pionera comunidad 2.0 Overmundo, lo más interesante de su trabajo es su estudio de cómo en naciones en desarrollo y economías emergentes como su país, las nociones tradicionales de propiedad intelectual están siendo sustituidas por otros sistemas que no pretenden imitarlas, pero que crean economías alternativas que funcionan. Son los "social commons" (procomunes sociales).

Para Lemos un procomún social es lo que aparece por necesidad en Brasil, un país de 180 millones de habitantes donde sólo hay 2600 tiendas de discos y 2300 cines, pero millones de personas utilizan las 90.000 "Lan houses" (cibercafés caseros) que se reparten por cada suburbio y favela. En Brasil los canales tradicionales de distribución de la cultura son ya minoritarios, y los que mandan son los creados y gestionados por usuarios, de distintas maneras. "Muéstrame una industria cultural", dice Lemos, "y te enseñaré una versión colaborativa de ella más o menos desarrollada".

La la idea de procomún social está perfectamente definida en esta entrevista de 2007 con Lemos:

En muchos lugares del mundo la propiedad intelectual es desconocida, irrelevante, o imposible de aplicar. Esto es un hecho, una circunstancia social, y no puede evitarse. Pero lo interesante es ver cómo en esos lugares están emergiendo formas de negocio que tienen en cuenta estos hechos. La gente desarolla modelos de negocio en circunstancias en las que no pueden depender de la propiedad intelectual, y se produce mucha innovación en estos sitios.

(...) Lo que estos ejemplos demuestran es que el dogma de que la propiedad intelectual es el único incentivo para la creación es erróneo. (...) Los procomunes sociales son especialmente importantes para las periferias como maneras de apropiarse de las tecnologias para producir cultura.

Los dos ejemplos que Ronaldo Lemos utiliza habitualmente para explicar estas dinámicas son la escena de la música Tecnobrega en Brasil y la industria cinematográfica de Nigeria. Ambos están explicados al detalle en La Cultura después de la Pirateria, un artículo que escribí para ADN el pasado septiembre. El texto está en deuda con el trabajo de Lemos, y cometí el error de no citarle por ello.

Gracias a Ronaldo, y muchas gracias a Zemos98, que espero cuelguen pronto todos los vídeos de las sesiones en Sevilla, incluida esta.

La cultura después de la piratería

Mientras Hollywood y las discográficas siguen aferrándose a su pasado y obsesionándose con su incierto futuro, en algunas de las zonas menos desarrolladas del mundo la piratería ha dejado de ser un problema. Una nueva economía de la cultura está surgiendo en países como Brasil y Nigeria, dónde las producciones cinematográficas se estrenan en en el top manta, y hay grupos con millones de fans que no tienen contrato discográfico.

Brasil es un país que casi se ha quedado sin industria del disco. La primera multinacional del sector, Sony BMG, editó el año pasado sólo 13 títulos de autores brasileños, en un mercado de más de 180 millones de habitantes. Pero el negocio de la música brasileña en Brasil goza de un excelente estado de salud; sencllamente, se ha mudado a otro lugar.

Servicios como Trama Virtual distribuyen la producción de más de 50.000 artistas que ofrecen su música de manera gratuita y son remunerados por medio de la publicidad. Ignorados por las compañías tradicionales, las generaciones más recientes de músicos cariocas han podido crecer y encontrar a su público gracias a este portal que ha conseguido éxitos estratégicos para su modelo como catapultar a la élite de la escena independiente internacional a Cansei de Ser Sexy (CSS), uno de los múltiples grupos que han colgado allí sus temas.

Pero más allá de la Red, en las calles surgen estilos y escuelas que renuncian desde el primer día a seguir las pautas tradicionales del negocio del disco. Sonidos electrónicos agresivos como el Baile Funk en Rio de Janeiro, popularizado en el resto del mundo por artistas extranjeros como Diplo o M.I.A, y bandas locales como Bonde Do Role. O su último sucesor, el Tecnobrega.

En el estado de Pará, al norte de Brasil, el Tecnobrega -cuyos orígenes se explican en el interesante documental gratuito Good Copy, Bad Copy- es tan popular que cada año se editan más de cuatrocientos CDs y 100 DVDs de esta clase de música. Pero ninguno llega a las tiendas de discos; los productores han preferido alcanzar acuerdos con las redes de "manteros" que venden copias ilegales de los grandes lanzamientos internacionales.

Los músicos les ceden sus discos gratuitamente y permiten que se quedan con el precio integro de la venta. A cambio, los vendedores se convierten en la red de promoción de estos artistas, que luego recuperan con creces la inversión actuando en grandes fiestas soundsystem en las que llegan a juntarse hasta 15.000 personas.

Los fans de los artistas de Tecnobrega pueden comprar directamente los discos a sus grupos favoritos, pero sólo en sus conciertos y fiestas. Allí se venden ediciones de lujo a mayor precio, mucho más vistosas y completas que las que hacen circular los vendedores callejeros. Son dos mercados distintos, que en vez de estorbarse se complementan, y que generan ya una economía millonaria a la que las discográficas no tienen acceso.

¿Le salen las cuentas a los músicos? Al menos a Banda Calypso sí. El grupo más popular de Brasil en estos momentos llena estadios mientras rechaza sistematicamente las ofertas de las multinacionales, convencidos de que este modelo les resulta más rentable.

Nollywood, la otra meca del cine

Mientras tanto, en el otro lado del Atlántico se encuentra la única industria del cine que ha crecido exponencialmente durante la última década: la nigeriana. En este país africano se rueda 1200 películas al año, trescientas más que en la India y casí el doble que en Estados Unidos. Y ninguna se estrena en los cines.

Todo empezó en 1992 según la versión más aceptada de la historia, por accidente. Un mayorista llamado Kenneth Nnebue no sabía como deshacerse de una gran partida de cintas vírgenes VHS que había comprado a un fabricante en Taiwan. Pensando que quizás podría librarse de ellas más facilmente si no estuviesen vacías, se decidió a producir una película, Living in Bondage. Contra todo pronóstico vendió más de 750.000 copias, y animó a muchos otros a hacer lo mismo.

Hoy en día, las películas producidas en video digital y rodadas en casas, comercios y otros espacios cotidianos -En Nollywood no tienen platós ni estudios- superan en popularidad en su país y en buena parte de Africa a las producciones norteamericanas.

La industria del cine de Nigeria emplea a más de un millón de personas y se ha convertido en el segundo sector del país tras la agricultura. Todas las semanas llegan a los mercados de Lagos y otras capitales unas treinta películas nuevas, copiadas en DVDs y video-CDs reproducibles en ordenadores. Una cinta de éxito moderado puede vender unas 50.000 copias, mientras que un gran éxito llega a los varios cientos de miles.

A dos dólares por disco, Nollywood se ha convertido en una industria de entre doscientos y trescientos millones de dólares al año. Probablemente no hay ninguna cinematografía europea que goce de tan buena salud.

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Comentarios:

Algo parecido pasa en China.
Hay productoras que ceden a la distribución "paralela" las películas, pero poniendo en la grabación unos cuantos anuncios que venden con anterioridad. No sólo ganan dinero con las copias distribuidas en el mercado "alternativo", sino que además ganan con los anuncios. Los anunciantes pagan por "impactos", y poco les importa como se consiguen esos impactos.

Puesto por Alberto en Marzo 29, 2009 09:04 PM

Les felicito por volver activo el blog.

Saludos.

Puesto por Andrés en Marzo 29, 2009 10:13 PM

Muy interesante ese dato, Alberto. Tienes algún enlace a algún sitio donde se cuente con más detalle?

Puesto por JL en Marzo 30, 2009 01:08 PM

Recuerdo el artículo del tecnobrega y, al igual que entonces, este post me parece muy interesante. Un saludo.

Puesto por On The Rocks en Marzo 31, 2009 02:23 AM











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